Reflexión sobre la pandemia desde un punto de vista estoico

Camilo Vahos
Analista de Desarrollo

En mis espacios de reflexión, suelo pensar en la muerte; de hecho, suelo pensar muchas veces en ese tema que tanto incomoda a las personas. Hace unos años creía que esto era un problema mental de algún tipo. Después, con un poco más de libros encima, aprendí que algunas personas tenían este mismo pasatiempo, y que de hecho lo consideraban como una práctica necesaria para apreciar la oportunidad de vivir día a día. 

Esta práctica ha cobrado relevancia para mí durante la coyuntura actual. Una situación global que ha metido en sus casas a casi todas las personas del mundo, y que además, ha cobrado la vida de más de 414 mil personas a la fecha. Situación que además, ha tenido un impacto psicológico que en este momento no podemos calcular, y que probablemente dejará ver sus secuelas en el mundo post-pandemia. 

El hecho es que probablemente muchos nos sintamos amenazados por este enemigo invisible que nos ha quitado nuestros hábitos, trabajos, negocios, seres queridos y además nos amenaza con quitarnos la vida. Y como un plus del mundo moderno, la plaga adyacente a la del Covid-19 (que de hecho lleva con nosotros mucho tiempo), el bombardeo de información respecto al tema y otros más, que parece planeado para traer cada día una preocupación nueva a la cabeza de las personas. 

Este problema, nos ha quitado más cosas de las que creemos o tenemos conciencia. Nos ha quitado el valor para actuar a pesar de, la capacidad de enfocarnos en una sola cosa a la vez, los días tranquilos sin preocupaciones, ese lado animal que nos permite actuar como algunas presas de los leones en el Serengueti, que pacen tranquilas cerca de ellos, esperando a la acción del depredador para huir. Ahora vivimos en la desesperación de consumir nueva información para estar preocupados, tanto que dejamos de hacer muchas cosas importantes resguardándonos en la excusa del miedo. No, no estoy diciendo que la vida deba continuar normal en esta situación. Lo que quiero decir es que, una vez tengamos la información necesaria sobre el tema (precauciones, medidas políticas y demás), no tenemos porque estar atentos al conteo de infectados, ni de muertos; tal vez una vez a la semana, preferiblemente un domingo, en el que podamos dormir después de ver las noticias o hacer alguna otra actividad que nos distraiga de lo que acabamos de consumir.

Respecto al encierro, que ya se ha vuelto más laxo en Colombia, y con la esperanza de que no se extienda por más de seis meses (aunque los modelos matemáticos predicen otra cosa). Quisiera compartir mi conclusión (la de alguien que por cierto, ama la calle). Si usamos la técnica estoica de poner todo en una perspectiva superior, al fin de cuentas, ya estábamos encerrados, en nuestra pequeña ciudad, en nuestro pequeño país y en términos superiores, en nuestro pequeño mundo. Y la verdad es que, no hacíamos tantas cosas, al menos yo no. Teníamos la misma rutina de lunes a viernes, salíamos a algún lugar los fines de semana, y tal vez íbamos de paseo una o dos veces al año, y probablemente no era en ninguno de los meses que han pasado, porque las estadísticas dicen que por esas fechas no suele salir la clase obrera de nuestro país. 

Esta actividad de estar en casa, solos, sin distracciones, sin planes, con el ruido de fondo del vecino que siempre tiene la misma playlist y que seguro la usa para no pensar en nada. Tal vez muchas personas, en este estado, se encontraron con alguien, alguien a quien tenían bastante olvidado, con esa versión de ellos que surge en la soledad, que empieza a preguntar cosas raras, que recuerda que el trabajo no les gusta tanto como creen, que les dice que la pareja no es tan buena, o por el contrario, que les recuerda aprovechar cada segundo con las personas que quieren, que les dice que deben esforzarse más en sus objetivos o cambiar la estrategia que están usando, o disfrutar una caminata, o mil cosas más. 

¡Ese ser que nos saca del modo automático!

Y quiero compartirles un secreto, esa persona viene con un plus infinito, y es la imaginación. De él o ella se puede aprender mucho y viajar a espacios desconocidos, en fin, el límite lo pone cada quien. La invitación es a disfrutar de esos espacios, a no tener miedo de estar con nosotros mismos, a explorar nuestra humanidad, que parece que la estamos guardando para el día de nuestra muerte, donde muchas personas aseguran ver toda su vida pasar delante sus ojos, tal vez sea una reflexión de todo eso que no quisieron ver cuando aún había tiempo. Disfrutemos de cada situación, buena o mala, citando el cuento taoísta, “El único hecho cierto aquí, es que tenemos una pandemia que parece que va a quedarse un buen rato. Si eso es bueno o malo, el tiempo lo dirá”. No vale la pena concentrarse en lo que no está en nuestras manos.