El cambio: entre la crisis y la transformación

Julián Jiménez
Director de Talento Humano

Antes de iniciar este escrito quise abordar muchos temas posibles que impactan, actualmente, la realidad de nuestro mundo. Pasé por pensar en la gestión del cambio organizacional en tiempos de crisis, también quise abordar la salud mental en el marco de la incertidumbre que vivimos por la pandemia, incluso exploré la posibilidad de lanzarme a dar mi concepto sobre las estrategias, herramientas y metodologías para la gestión de equipos en trabajo remoto. Al final hice una pausa y me di cuenta de que sería hablar de lo mismo que otros expresan en diferentes blogs o artículos de prensa, y que se convertiría en uno más de los temas promocionados en Webinars y espacios de discusión virtual.

Con lo anterior quiero aclarar que no hago una crítica insana. Además, debo reconocer que he participado de dichos espacios y que cada uno de ellos me han permitido acercarme al entendimiento de las diversas posturas que existen actualmente sobre el mundo y la percepción de la realidad, de manera particular, en cada pensador.

Por eso, llegué a la conclusión de que lo mejor sería intentar la construcción de una reflexión que, sin ser pretenciosa, permitiera encontrarme conmigo mismo y regresar a lo esencial, a la búsqueda de sentido.


Pero, ¿cómo hablar de lo esencial, sin detenerse a pensar en aquello que es constante en la vida misma y que no detiene su marcha, a pesar de los muros que aparecen (muchas veces inconscientemente) para “protegernos” de su influencia? Pues creo que no es otra cosa más que el motor que genera todas las transformaciones, el cambio. Pensándolo bien, no se aleja mucho de uno de los temas que era motivo inicial para este escrito.

El concepto de cambio se ha desarrollado desde diferentes corrientes filosóficas, científicas, administrativas, espirituales y psicológicas, y lo vivimos en cada paso que damos en la vida cotidiana, sin percatarnos que hace parte de una dinámica que no tiene final, pues es un jalonador invisible de la transformación individual, organizacional, cultural y social.

Yo me quedaré con una definición simple, la cual aborda el cambio como esa acción o proceso por medio del cual dejamos una situación particular, para ubicarnos en otra diferente; y si ésta definición nos ubica en un lugar de decisión y participación activa, tal vez, podamos interiorizar que, aunque no controlamos en totalidad lo que motiva el cambio, sí es nuestra responsabilidad tomar la actitud consciente de emprender caminos que nos ubiquen en lugares y comportamientos distintos, que nos lleven, en últimas, a obtener los resultados y la respuesta externa que esperamos o deseamos.

“Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas.” Mario Benedetti

Existe algo particular en el cambio, y es que cuando el sentido empieza a clarificarse, llegan los movimientos que hacen, que aquello que edificamos, no se perciba con la misma claridad y que debamos repensar las formas de ver más allá del muro construido. El mundo presiona, la crisis apremia y distintas preguntas llegan. Circunstancias que hacen que nuestra búsqueda de propósito se transforme, llevándonos a iniciar el proceso de nuevo e impulsando la necesidad de romper, muchas veces, lo que acabamos de construir, tal vez, porque lo que fue el propósito para lo erigido, en las nuevas circunstancias que nos impone la vida, no sea lo que nos proteja o permita la permanencia en el mundo.

A pesar de que en cada momento nos damos cuenta de que el cambio es constante, no siempre, personas y colectivos, emprendemos el camino con la misma disposición, creyendo que es mejor quedarse en el lugar que estamos, que iniciar un proceso, muchas veces doloroso y lleno de incertidumbre, que implica la búsqueda de sentido. 

Pareciera que nada cambia, pero esto se da porque nosotros nos resistimos a hacerlo y lo que no logramos digerir es, tal vez, el motivo mismo de la resistencia. Cualquier transformación social y colectiva siempre comienza con una transformación individual, indudablemente no existe otro camino.

La resistencia parte de lo individual y puede configurar un pensamiento colectivo que incide fuertemente en los comportamientos de sociedad, es así, que al indagar en el impacto que este genera en nosotros, se pueden identificar, por un lado, las consecuencias negativas que esto trae, pues limita nuestro normal desarrollo, pero por otro lado, las oportunidades que se muestran por el nivel de consciencia interior, que determina, que los pasos que daremos hacia la búsqueda de sentido, no tengan puntos de distracción y se puedan gestionar de manera asertiva. No olvidemos que constantemente vivimos momentos de autosabotaje que buscan que dicho camino, tormentoso, sea evitado y permanezcamos en el que genera, aparentemente, seguridad y estabilidad.

“No es la especie más fuerte la que prospera, ni la más inteligente, sino la que se adapta mejor al cambio”. Charles Darwin

Actualmente, el mundo enfrenta un proceso de cambio que hace que nos cuestionemos sobre el papel que tenemos en él. En el actual caos que enfrentamos, por el estado de crisis que trae el COVID-19, surge una real necesidad de transformación, pues, si no emprendemos acciones, las pérdidas serán costosas y dolorosas. Los millones de años de evolución nos han demostrado que este mundo, con todos los seres que hacemos parte de él, se ha transformado y ha permanecido por su capacidad de adaptación.

No sólo el estado actual, de emergencia por el virus, es el que nos pone en jaque y presiona el cambio, es nuestro planeta, el que desde hace muchos años vive una crisis a nivel ambiental y social. Aún no nos damos cuenta (o no queremos hacerlo) de que venimos enfrentando un momento crucial y que si no se actúa con celeridad, estaremos condenados a enfrentar la pérdida de nuestro hogar y en ese sentido, nuestra vida, por lo cual, cualquier propósito material perderá validez. Sin embargo, la mayoría de nosotros aún esperamos que la crisis termine para volver, lo antes posible, al estado de “normalidad” sin darnos cuenta de que estos procesos de transformación harán que el mundo no sea el mismo y no debe ser el mismo, pues como dicen por ahí, quien no aprende o ignora su pasado está condenado a repetirlo.

Si el cambio es lo único constante y lo enfrentamos en cada momento de la vida, es posible que nuestro sentido de vida se transforme evolutivamente en cada acción que emprendemos, de esta manera, no puede existir la búsqueda de sentido, ni del propósito de vida, sin atravesar el camino del cambio, y sólo quien se atreve a recorrer los senderos puede edificar, al menos momentáneamente, lo que le dará sentido. Aplica para los individuos y para los colectivos, llámese familia, sociedad u organización.

Al final, lo que queda en evidencia, es que la mayoría del tiempo es en la crisis, e incluso en la vivencia del límite, donde se gesta la transformación, pues parecería que sólo la profunda necesidad de cambio hace que los seres humanos nos movilicemos, dejando a un lado el temor y enfrentando el conflicto que puede suscitar el proceso, con decisión y actitud consciente.

Esperemos que como especie logremos ver la crisis como una oportunidad de transformación y tomemos la participación activa para realizar los cambios que se necesitan, partiendo de la firme convicción de que desde mi acción individual y desde la definición de un propósito personal, con impacto en lo colectivo, podemos lograr el siguiente nivel de la evolución y la conservación que, en última instancia, es alcanzar el sentido de la vida personal.

“Quien quiere encontrará un medio; quien no, una excusa”. Proverbio Árabe